Cuando Dairon Asprilla salió de su pueblo natal tenía una idea clara en la cabeza, jugar fútbol. No sabía exactamente hasta dónde podía llevarlo ese sueño, pero sí sabía que estaba dispuesto a perseguirlo. Hoy, con 34 años, una carrera construida entre Colombia, Estados Unidos y ahora Bolivia, el delantero colombiano encontró en Bolívar un nuevo desafío. Y como en cada etapa de su vida, decidió enfrentarlo de la misma manera que lo hizo siempre, trabajando.
Su historia comenzó lejos de los grandes estadios. Era un niño que solamente pensaba en jugar hasta que un entrenador de su ciudad lo encaminó hacia el fútbol. Pero hubo otra figura determinante, su hermano mayor, a quien reconoce como una de sus principales inspiraciones.
En aquellos primeros años, el sueño también tenía nombre propio. Asprilla pensaba en su mamá y en las dificultades que atravesaba su familia, especialmente por vivir siempre pagando alquiler. Por eso, mientras imaginaba convertirse en futbolista, también imaginaba algo mucho más concreto, “fue como la motivación a pensar en regalarle la casa a ella”, recuerda.
El camino, sin embargo, no fue sencillo. Antes de llegar al profesionalismo tuvo que superar pruebas entre aproximadamente 300 niños y atravesar dos años de intentos. Una lesión de rodilla a temprana edad también hizo que algunos entrenadores dudaran de sus posibilidades. Pero Dairon tenía una característica que terminaría marcando toda su carrera, la perseverancia.
Incluso fue expulsado del colegio. Lejos de tomarlo como un punto final, decidió convertirlo en el comienzo de otra etapa. Llegó a su casa y se lo contó a su mamá con una promesa, “le dije que cuando volviera le iba a llevar las medallas y el diploma de bachiller”.
Se marchó a Medellín y comenzó un camino que lo llevó hasta Atlético Nacional. Allí vivió su primer partido profesional ante Envigado, rodeado de jugadores que hasta poco antes veía por televisión. Los nervios eran enormes. Tanto que, más que sentirse futbolista, durante aquellos primeros minutos se sentía como un hincha, “estaba como en esa nube de verlos a ellos, incluso en el banco, era más como un hincha”, cuenta.
Con el tiempo llegaron otros clubes y otros retos para su vida y su carrera, también llegaron los sacrificios. El más grande, según reconoce, fue alejarse de su familia, y esa distancia terminó teniendo un costo especialmente doloroso.
Mientras jugaba en Estados Unidos, durante la pandemia, falleció su padre. Las circunstancias hicieron imposible que pudiera despedirse de él, “no fue posible para mí ni despedirme de él, yo no lo vi más, ni en el ataúd lo pude ver. Es como que él para mí todavía está por ahí caminando, y es como lo más difícil”.
Para Dairon su padre sigue presente en cada cancha. Recuerda especialmente los partidos que jugaba en su pueblo durante las vacaciones. Allí su papá siempre ocupaba el mismo lugar. Él buscaba dónde estaba antes de comenzar y cuando marcaba, celebraba mirando hacia ese sector. Años después descubrió unas fotografías que terminaron de confirmar algo que quizás siempre había sabido, y es que su padre seguía cada paso de su carrera, “me puse a llorar porque yo sentía que él, en vez de su trabajo y todo, no tenía tiempo de ver. Y me mostraban fotos de él mirando partidos míos, emocionado”.
Hoy cada logro tiene un sabor diferente. Porque aunque el fútbol le permitió ayudar a su familia y convertirse en una persona reconocida, también le dejó ausencias que ningún trofeo puede compensar. Y en medio de ese camino que recorre cumpliendo sus sueños con todos los sacrificios que implica, es que llegó un nuevo país, Bolivia.
Cuando apareció la posibilidad de jugar en el país, no conocía demasiado. Había escuchado comentarios sobre la liga y sobre las dificultades que podía representar jugar en la altura. Pero decidió no quedarse con las versiones ajenas, “hasta que no estás allá, tú no sabes cómo es. Lo mismo sentía acá”, explica comparando un poco con el momento en el que también le tocó ir a la MLS.
La realidad terminó sorprendiéndolo. Le llamó la atención el paisaje, las montañas y, sobre todo, el cariño recibido desde su llegada, “creo que me quedo más con el cariño de la gente hasta ahorita. Creo que ha sido lo más especial”. En la cancha, además, la adaptación fue inmediata. Llegó con 34 años, una edad que generó dudas en algunos sectores y con la incógnita de cómo respondería su cuerpo a los más de 3.600 metros de La Paz. Pero Asprilla ya había hecho su parte antes de aterrizar en Bolivia.
“Me esforcé. Creo que entrené mucho antes de llegar. Porque sabía que era un reto grande. Me habían hablado mucho de la altura y yo decía: yo no voy a ir allá y no voy a aportar nada”, el resultado comenzó a verse rápidamente. Corrió, presionó, peleó cada pelota y, lo más importante para un delantero, empezó a marcar.
“Yo estoy trabajando para aportar, por querer ser alguien acá”, afirma. Su presente en Bolívar representa otra oportunidad dentro de una carrera llena de capítulos. El delantero sabe que el tiempo no se detiene y tampoco quiere ponerle un número a sus goles. Prefiere dejar que el trabajo hable, “no te puedo decir un número exacto, pero ahí voy. Creo que empecé bien y espero terminar mucho mejor de lo que empecé”.
Con la eliminación de la Copa Sudamericana ya como parte del pasado, el objetivo está puesto en lo que viene: la Liga, la Copa y volver a los escenarios internacionales, “solo espero conseguir títulos con ellos”, dice sobre Bolívar. Y mientras trabaja por ese sueño, mantiene su pequeña costumbre que resume bastante bien quién es Dairon Asprilla. Su cábala no es un objeto, ni una rutina complicada, es agradecer.
“Siempre es como darle gracias a Dios, pedirle también. Y entre ellos siempre meter como a mi familia, a los seres queridos que tengo en el cielo”, entre ellos está su padre. Detrás del delantero que corre en la altura hay un niño que un día salió de su pueblo buscando una oportunidad, una promesa hecha a su mamá, un padre que todavía ocupa un lugar en la memoria y una carrera construida a fuerza de insistir.