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abril 18, 2017

Las historias de gloria y desarrollo de los grandes clubes en el mundo son bien conocidas y enseñadas, desde los niveles académicos dedicados al deporte hasta la cultura futbolera popular. Pero las historias de quienes viven una permanente lucha por trascender suelen pasar desapercibidas, ocultando varios de los más grandes ejemplos de esfuerzo y superación.

Un caso muy particular lo vivió un ambicioso club del noroeste de España. Con 51 temporadas en La Liga, el Real Club Celta de Vigo comenzó su transformación rumbo a ser un club relevante en 1998.

Con jugadores de la talla de Haim Revivo, Mazinho, Pablo Cavallero y Gustavo López, Michel Salgado, Claude Makélélé, Valeri Karpin y Alexandr el Zar Mostovói, el club gallego logró el excepcional récord de cinco clasificaciones consecutivas a la Copa UEFA.  

Pero las clasificaciones no colmaban las expectativas de un club cada vez más ambicioso. Celta finalmente consumó el sueño y clasificó a la Liga de Campeones en 2002/03,  pero la realidad los golpeó. El Celta vivió todo en 20 meses; del sueño de Champions, a la pesadilla del descenso. Con el desplome, partieron varias figuras.

En su regreso a la Liga, el Celta vuelve a superar las expectativas y se mete en Copa UEFA para la gestión 2006/07. En ese momento, Horacio Gómez Araújo dejaba la presidencia luego de once años y asumió Carlos Mouriño. Quien en su inexperiencia tomó decisiones que enviaron nuevamente al Celta a segunda.

Cinco temporadas después, Mouriño, vuelve a La Liga. Priorizando entrenadores que respeten un estilo, encuentran a Eduardo Berizzo que logró darle la identidad que le dan al Celta, victorias memorables en el Bernabéu o el Camp Nou. También culminó la formación de futbolistas de élite, como Rafinha, Nolito o el ídolo máximo de Galicia, Iago Aspas. Este difícil proceso le devolvió la clasificación a Europa League, donde alcanzó los cuartos de final.

Carlos Mouriño definió cabalmente la esencia de aquellas instituciones que se arman de ambiciones y por más que caigan a lo más profundo, sus sueños permanecen intactos y hasta resurgen con más decisión que nunca… Hay que sufrir para disfrutar.

 

Texto: José Miguel Arévalo